La Educación bajo la lupa: CEUTA Y LA DESIDIA DEL GOBIERNO
Ceuta no sufre un problema migratorio; sufre una condena geopolítica
ejecutada por un Gobierno que confunde la diplomacia con el sometimiento. Lo
que ocurre en la ciudad autónoma no es una crisis fortuita ni una inclemencia
meteorológica; es el resultado directo de una política exterior que ha decidido
entregar la soberanía en la frontera sur a cambio de una paz diplomática
ficticia con Marruecos.
Mientras los espigones de El Tarajal se convierten en un goteo incesante de tensión, las fuerzas de seguridad operan al límite de sus capacidades y las infraestructuras locales colapsan, la respuesta institucional desde Madrid oscila entre la apatía y el cinismo. Se habla de "cooperación bilateral" y "relaciones de vecindad" desde despachos con aire acondicionado, mientras sobre el terreno los ciudadanos de Ceuta experimentan la asfixiante sensación de habitar una ciudad de segunda categoría, un cortafuego prescindible para la tranquilidad del resto de la Península.
La cobardía de una administración no se mide solo por sus silencios, sino por su incapacidad para fijar líneas rojas. Convertir la gestión de la frontera exterior de Europa en un constante ejercicio de apaciguamiento frente a las presiones de Rabat no es pragmatismo; es capitulación. Cada vez que el Ejecutivo rehúsa exigir firmeza, cada vez que dilata la declaración de emergencia o disfraza el colapso con eufemismos burocráticos, envía un mensaje demoledor; la integridad territorial y el bienestar de los ceutíes no son negociables.
Un Estado que no garantiza la seguridad de sus confines ni ampara a sus ciudadanos con la máxima contundencia de sus instituciones ha dimitido de su función primordial. Ceuta no necesita más palabras amables ni transferencias presupuestarias de parcheo; necesita un Gobierno que recuerde que la soberanía no se suplica, se ejerce. Todo lo demás es complicidad por omisión.
Juan Manuel Sánchez Eugenio